Ya lo decía Carlos Monsiváis: en México no se discrimina, excepto a los pobres, los homosexuales, las prostitutas, los indios, las mujeres, los ancianos y todos aquellos que se arriben a la mente del lector.
El pequeño Hitler que todos levamos dentro no pierde oportunidad y se expresa a la menor provocación. Incluso, señala don Lugar Común, hasta para defenderse de la discriminación se discrimina:
-Puto lo serás tú y los que de ti dependen.
-A quién le hablas, pinchi indio igualado…
El escritor Enrique Serna señala con acierto en su ensayo “México en el país de las castas”, que el racismo mexicano se propaga hacia abajo por un efecto de cascada, sembrando discordias y antagonismos entre la masa variopinta que debería oponerse al enemigo común.
Pedro Torreblanca Engell, trabajador del área de Comunicación en la delegación Benito Juárez, y hermano de Santiago, secretario general adjunto del PAN capitalino, paga en las redes sociales y en los medios tradicionales los comentarios que virtió en su cuenta de Facebook :
“Todos los que opinan sin saber en este foro seguramente son perredistas, más prietos de piel que nada, jodidos, rojillos y sin varo”, afirmó desde su perfil en la red social. Y por si no bastara, añadió:
“Arriba los mexicanos de raza blanca y clase alta, todos los demás son una mierda, incluyendo a este foro lleno de gente asquerosa”.
En el mismo medio que reproduce el chat del panista (revista emeequis, 12 de mayo de 2013, Tryno Maldonado escribe su columna “Cinco bandas que deberían ser eliminadas de la faz de la Tierra”, en la que indica: “Sé que muchos no estarán de acuerdo con mi lista, así que por qué no deciden ustedes mismos en los comentarios a qué cinco bandas desaparecerían del planeta por el bien de la humanidad”.
Y concluye de algún modo enalteciendo la labor de limpieza que, a su juicio, efectuó el asesino de John Lennon: “En fin, quizá estoy siendo reiterativo al desear que los Beatles desaparecieran: ¿acaso Mark David Chapman no se encargó ya de eso? Obla dí obla… ¡bah!”
En ocasiones disfrazada de chanza, broma, ocurrencia que se pretende inocua, como la de Tryno, la discriminación en México se ha eternizado, por más que desde el discurso gubernamental se pretenda lo contrario, o que desde ese mismo discurso los meros meros del poder en México se discriminen, como bien ha recordado Raymundo Rivapalacio en su columna:
“Zedillo era despreciado por Salinas y por su equipo íntimo. Nunca lo consideraron un buen economista y cuando en los días posteriores al asesinato de Colosio llegaron a mencionar su nombre en Los Pinos, entre los más cercanos al ex Presidente lo consideraban un zoquete”. (Según el diccionario de la Real Academia Española, “zoquete” es “persona tarda en comprender”. Y quizá sea considerado así por sus antecedentes socioeconómicos que el mismo Rivapalacio trae a cuento:
“Para Zedillo, que fue bolero en Mexicali, que egresó del Politécnico, que junto con su esposa recriminaba a quienes tenían dinero y compraban ropa en Rose, una tienda de ropa muy barata en Estados Unidos, el camino a su paraíso incluyó olvidarse de su pasado en México y de sus años difíciles como burócrata.”.
Si quienes han tenido para sí la Presidencia de México se dan de golpes hasta con la bacinica, qué pueden esperar sus gobernados, sobre todo los que menos tienen, si al elegirlos o soportar lo que se ha considerado robo de las elecciones, pueden ser calificados también de “tardos en comprender” y por lo tanto candidatos a la discriminación.
En 2010 se dieron a conocer los resultados de la primera Encuesta Nacional sobre Discriminación, realizada por el Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación. Para el investigador Alberto Aziz Nassif, sus resultados “nos muestra algunas de las partes oscuras de nuestra cultura nacional. Las percepciones y acritudes que tenemos sobre los grupos más vulnerables del país expresan los núcleos duros con los que todos los días nos topamos: el país de los prejuicios, abusos y maltratos a los más débiles, los diferentes, los pobres, los indígenas, los morenos, los discapacitados, los homosexuales”.
Así las cosas, ¿cómo aniquilar al pequeño Hitler que todos llevamos dentro? Sobre todo con educación, perseverancia, conciencia de que somos únicos como género y a la vez diversos como la nación toda, del norte al sur y de costa a costa. Que las capacidades y las oportunidades a todos debieran tocarnos y que sólo todos, como sociedad, haremos imposible que el racismo nos impregne con su aceitosa mancha que al ser social en pleno contamina, como en su momento ocurrió en la Alemania nazi, donde se aniquiló a casi 6 millones de judíos por asfixia, disparos, ahorcamiento, trabajos forzados, hambre, experimentos pseudocientíficos, tortura médica y golpes…
Qué necesidad hay, caray…
